MIGAS

Cuando viene a mi memoria estas cinco letras aparece en escena una persona muy especial a la que quiero mucho, mi tío Juanito. Un hombre de campo cuya única aspiración era mimar sus tierras que tanto trabajo y sufrimiento le costó y mimar y querer a los suyos, entre los que yo me encontraba... Su experiencia, maestría y delicadeza la vertía en su plato estrella en días muy especiales. Y eso ocurría cuando llovía en los días de la recolección de la aceituna. Por la mañana antes de vestirnos para realizar nuestra jornada laboral mirábamos por la ventana y si llovía volvíamos a escondernos entre las sábanas, y cien mil mantas hasta que el olor del pan tostado y el café con leche se colaba por la puerta de la habitación y me levantaba . Y la alegría me inundiaba porque ese día  iba a reunirnos a la familia y a los vecinos de la calle. Después del desayuno y tras realizar algunas tareas domésticas mi tío hacía su lumbre con troncos y ramas que recogía de sus olivos y colocaba encima del trébede la sartén . En torno al fuego nos reuniamos toda la familia y mientras vertía el aceíte en la gran sarten mi tía troceaba el pan en un lebrillo  y yo partía los ajos por la mitad, y cuando chispeaba el aceíte de la sartén mi tío añadía los ajos, la matalahuga y después el pan . A continuación  movía con la paletilla de forma contínua durante una hora y media ese engrudo que se convirtiría en uno de los platos más deliciosos, apetitosos y esperados de la familia y por qué no decirlo del vencindario.
Mi padre se acercaba a casa de una vecina para invitarles y para que avisara a los demás y en menos de media hora llegaban los vecinos para preguntar por la evolución del suculento plato y una vez pasado el rato estipulado cada uno de ellos llevaba su cuchara y alguna vianda o vino para animar la velada. Aunque la cocina era bastante grande solo se sentaban los mayores y el resto en un paso para atrás y otro para adelante acercábamos la cuchara a la sartén para embestir y recoger unas cuántas migas que llenasen la base. Al final se convertía en un momento muy animado, hablando de todo lo que ocurría en el pueblo y de cómo iba la cosecha ese año. Los pequeños escuchábamos a los mayores y esa obnibulación no sólo lo conseguía el plato sino también el fuego que inundaba de calor la estancia. Y allí se gestó en la mente de aquella niña el gusto por lo sencillo que no por ello simple.
Gracias tito por haberme hecho tan feliz.